Historias breves

La Fraternidad de la latitud

—¿Otra vez por acá? ¿Qué quiere ahora?— me ladró la señora.

—Bueno, vengo por un ejemplar de la efemérides de 1963— le contesté en voz baja.

—¿Para qué la quiere?— insistió.

—Verá, estudio Astrología y necesito la longitud y latitud de los astros para dibujar una carta natal.—

—Ya sé para qué sirve una efemérides y sé que algunos usan la latitud. No me lo explique, no lo necesito. Espere acá.—

Ir a buscar una efemérides para levantar una carta natal en la Librería Teosófica de la calle Río Branco en Montevideo a mediados de los ´80, era -al menos para mí- una tarea compleja.

Se sumaban dos asuntos: Mis 18 años y la espesa señora que atendía.

Cuando bajaba desde la Avenida 18 de julio y ya cruzaba la calle Colonia a pocos metros de la puerta, esperaba -generalmente en vano- que estuviese su hijo; quien era muy amable en el trato; pero casi nunca estaba en el horario que yo podía pasar a la vuelta de mis clases de alemán en el Instituto Goethe.

Las dos vidrieras pequeñas de la Librería me permitieron pocas veces observar quién estaba detrás del mostrador antes que fuese demasiado tarde para el «saludo» de costumbre.

Por aquel entonces y como yo estaba comenzando, se compraban las efemérides del año del consultante. Con un poco de suerte, los que seguían si eran de la misma «cepa» anual, me ahorraban una nueva inversión.

Luego de media docena de visitas, una tarde la señora en lugar de ir a buscar el ejemplar del año que yo le pedía, me miró fijamente y me soltó:

—Vaya a la estantería que está allí atrás y busque el año, así no pierdo tiempo.—

Lo que encontré fue fascinante -obviamente para mis ojos-, una estantería repleta de librillos ordenados año a año y lo que es más, tenían encuadernados unos volúmenes grandes con las décadas completas, todas con su longitud, latitud y declinación. Por aquel entonces estaban fuera de mi alcance.

Tenían también impreso por la Fraternidad Rosacruz el libro con la tabla de casas para todas las latitudes, de tal manera que uno no tenía que estar complicándose para levantar un tema distinto a la copia que tenía -generalmente limitada- de un juego de coordenadas específicas.

Imagino que para quién lee ahora, esto suena extraño ya que con un par de clicks, estas tablas resultan innecesarias (¿o no?), pero en aquel momento era como estar en un festín de la «memoria de la naturaleza», según el verbo de la Fraternidad.

Bueno, pagué el año y me fui a levantar la carta del siguiente cliente.

El estudio contable y astral.

Por ese entonces había empezado a atender de forma precaria en el estudio contable de mi padre en la ciudad de Minas.

Iba los sábados temprano, en un viaje de un par de horas desde mi casa y tomaba la consulta en alguno de sus despachos previa agenda organizada por Sarita, su secretaria personal.

El destino quiso que el trabajo fuese demasiado bien hasta el punto que un día mi padre poniendo su mejor cara me dijo:

—Mirá Alvaro, está todo bien con que uses el estudio los sábados, pero el problema es que viene gente a agendarse para consulta todos los días y esto es un caos, así que lo mejor es que dejemos esto para otro momento.—

Esa experiencia de consultorio fue ciertamente extravagante en la medida que pasadas unas semanas de atender, cuando iba llegando a la puerta -lo recuerdo con cierto vértigo- había una cola aguardando fuera. Terminé utilizando la sala de espera de los clientes del Estudio para albergar a quienes venían sin cita.

Al poco tiempo todos sabían -lógicamente en una ciudad pequeña-, que el Estudio del contador agendaba también clientes para actividades astrales.

En verdad sufría cierto ahogo mientras intentaba focalizarme en una interpretación y el timbre sonaba una y otra vez.

Terminado el día, tomaba el transporte de vuelta a casa para llegar sobre la medianoche cada sábado con mi carpeta y mis tablas, más o menos aturdido.

Es posible que por esta razón no recuerdo haberme sentido decepcionado cuando dejé de atender allí.

La década del ´50, un objetivo alcanzado.

Para entonces, ya estaba sobradamente en condiciones de comprarme mi primer volumen que cubría una década y marché a encontrarme una vez más, con la señora avinagrada.

Cuando ve que me acerco con el libro -digamos que era mi santo grial-, la señora me espetó:

—¡Deme su teléfono!—

Obedecí con el dato -por supuesto- y para mi sorpresa prosiguió con su «dulzura natural»:

—¿Y dónde aprendió a levantar cartas natales?—

Ahí le conté brevemente mi experiencia como fallido estudiante de Hiriart y las vueltas que tuve entonces para hacerme de un método de construcción a partir del Tratado de Astrología de Alpherat principalmente, utilizando además, algunos sistemas de cronometría poco habituales.

La Librería Teosófica era por entonces el brazo literario del Montevideo ocultista en donde la Fraternidad Rosacruz estaba incluida de forma más o menos estable.

Se apoyaba en su par de la ciudad de Buenos Aires a través de los trabajos publicados por la editorial Kier, originada por Nicolás Berhard Kier cuya historia e influencia como promotor de la cultura ocultista, excede este artículo.

Nicolás Berhard Kier

Los rosacruces entre otras actividades propias de su colectividad tenían un curso de Astrología de un par de años de duración y estaba basado en la construcción de cartas natales y en la cosmovisión de Max Heindel, divulgada principalmente en su libro: «El mensaje de las estrellas»

Recomendado por una coordenada

Unos meses más tarde, llamó una persona para consulta que no provenía del circuito de mis contactos habituales (ni de los que viajaban desde el «antiguo consultorio» de Minas).

Simplemente me dijo:

—Lo recomendó una señora de la Librería Teosófica cuando pregunté por un astrólogo. Me dio su teléfono.—

A partir de ese momento y en forma frecuente, comencé entonces a recibir clientes enviados por ella.

Unos años más tarde ya prácticamente había completado la serie del siglo XX de efemérides y mis incursiones a la librería cambiaron en la búsqueda de otros textos.

En cierta ocasión y tras la pista del libro de Alexandre Volguine «Astrología Lunar», la señora con su tono severo me interrogó nuevamente:

—¿Ya enseña a interpretar?—

—Bueno; si. Tengo un pequeño grupo de cinco personas…—

El resto de mis explicaciones no atraparon precisamente su atención ya que, estaba cerca de la hora de cierre y con su habitual tacto me invitó a retirarme.

Un tiempo después, en otra llamada telefónica, alguien mencionó que su interés era «por los cursos de interpretación» y cuando pedí una referencia sobre cómo había llegado, mi nueva estudiante contestó:

—Dicen en la Fraternidad que para aprender a interpretar, tengo que tomar clases con Ud.—

—¿Y le comentaron porqué?—, repregunté.

—La señora indicó que para interpretar, se necesitaban las latitudes de los astros y ellos enseñan solamente a construir cartas y nos comparten su cosmovisión. No interpretan un tema. Yo de esto no sé nada y ellos no agregaron otra cosa.—

—¿Ellos?—, se me escapó, mientras pensaba en el plural del asunto.

—Si, los rosacruces; ¿porqué me lo pregunta; no los conoce?—