Astronomía Cultural

El zorro y el tapir

Durante la primera mitad del invierno en los cielos del Sur, culminan a medianoche sobre nuestras cabezas, dos huertos prolijamente cercados por sus dueños.

El primero que se ve camino del Oeste es el huerto del zorro, denominado por los guaraníes como el «Aguará Tupa Rokai», mientras que su vecino que le sigue desde el Este, es el huerto del tapir conocido como el «Mborevi Tupa Rokai».

Esté último pertenece al jefe del cielo y casualmente donde mis vecinos de observación ven claramente el rastro del trabajo del tapir, yo aprendí a decir: «Sagitario» y «Júpiter», tomando un préstamo de un firmamento que no es precisamente, el mío.

Bueno; Ud. verá que a los efectos interpretativos, puedo no hacerme mucho problema y entonces el tapir del chaco boliviano, hace bien el trabajo celestial que le ha otorgado el Paye (el chamán) de la región.

Un nuevo personaje para el mismo diablo.

Este mismo Paye me contará que lo que yo conozco como «Escorpio» y «Plutón», no es otra cosa que el huerto (Tupa) cercado (Rokai) del zorro (Aguará).

El Hades griego o el Plutón romano a veces me suenan como muy importantes y trascendentes; algo así como inalcanzables y famosos; así que para mi mochila de viaje entre tantos huertos y sus cercos, prefiero pensar en un Aguará Guazú, simplemente porque los he visto (en cautiverio y a propósito se encuentran en peligro de extinción) y por tanto puedo interpretar mejor sus intenciones.

A propósito le invito a pensar si ha visto fuera del triste Zoológico a un león o en la playa a un cangrejo; digo para darse una buena idea del Zodíaco «importado»; porque seguro que será difícil que veamos un centauro; pero le confieso que corro con alguna ventaja, porque ya he visto en algunas oportunidades a un tapir, así que estoy bien en ese sentido.

Bueno, vamos a dejarnos de tantas vueltas y retornemos a nuestra leyenda que se nos va el invierno aquí en el Sur y con ello se aproximan otros huertos diferentes al del zorro y el tapir.

Algunas veces el tapir, muy ocupado en su huerto y en su jefatura celestial, deja flotando en el firmamento un árbol mágico denominado toborochi que se desliza entonces al huerto de su vecino el zorro.

El toborochi se conoce por estas tierras como palo borracho y de forma peculiar cuando el resto de los árboles de hoja caduca las pierden durante el invierno, el toborochi se dedica a dar sus mejores flores.

Este árbol lógicamente a los efectos de nuestra historia, está encantado, pleno de agua y vida en el interior de su tronco.

De riquezas y desperdicios.

Cuenta la leyenda que el tapir abre el tronco y permite que el agua fluya y con ello que los peces vuelen por el cielo hasta que el dios lo cierra para recogerlos cuidadosamente, porque constituyen un precioso alimento.

Este aprovechamiento completo del tesoro del alimento, no sucede de la misma manera cuando el toborochi llega al huerto (y al alcance) del zorro.

Nuestro diablo tiene una actitud irresponsable tratando de imitar la conducta de su vecino, sacando más peces de los que puede comer, por lo que en algunos años se desperdician unos cuantos.

Cada vez que en el huerto celestial del zorro, el toborochi sea abierto, para matar a los peces por diversión y no por necesidad; como castigo la pesca será escasa en el Río Parapetí y éste contará con menos caudal, tratando -a modo de devolución- de evaporar sus aguas (y con ellas su tesoro) en los bañados del Izozog.

Para colmo de la desgraciada conducta del zorro, el Paye me contará que dentro del toborochi vive una hermosa muchacha de nombre Araverá que quiere decir en guaraní «Destello en el cielo» que permanece dentro del tronco luego de parir a su hijo producto de la unión con el dios Colibrí.

Ella no sale más que en forma de flor del árbol encantado durante algún tiempo cada año, solamente para encontrarse a través de su néctar con el Colibrí; pero claro, esa es otra historia de los cielos del Sur.

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